5 de octubre de 2026

Madrid en el Siglo de Oro. Crisol de destinos y desembarco de genios

El pasado 29 de septiembre, la Comunidad de Madrid ha inaugurado la exposición "Madrid en el Siglo de Oro. Crisol de destinos y desembarco de genios", comisariada por Carmen Sanz Ayán, con la colaboración de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando donde se está presentando hasta el próximo 2 de diciembre.

Comienza con una introducción sobre el esplendor cultural, artístico y literario que acompañó el apogeo de la monarquía hispánica en los siglos XVI y XVII. Madrid fue la artífice y el centro de esa explosión creativa del Siglo de Oro: desde que Felipe II instaló allí la corte en 1561, la villa atrajo a nobles, banqueros, hombres de negocios, artistas y escritores que buscaban el favor de los poderosos. Cervantes, Lope de Vega, Quevedo, Góngora, Calderón de la Barca y muchos otros pasaron por sus calles que conservan su recuerdo en el Barrio de las Letras. El Quijote se publicó en la corte en 1605, los corrales de comedias de la Cruz y del Príncipe renovaron el teatro europeo y Velázquez llegó a ser pintor de Felipe IV. En Madrid se construyeron numerosos palacios y lugares de encuentro como la Plaza Mayor y fue el centro del mercado del arte, creándose las colecciones reales que hoy conforman el Museo del Prado y otros centros artísticos. 

La exposición se desarrolla a lo largo de otras cinco secciones, exponiendo diferentes aspectos de la historia de Madrid en la época. La segunda sección presenta cómo durante el Siglo de Oro, Madrid se convirtió en sede de la corte de los Austrias y en el centro de gobierno de una monarquía con extensos territorios en Europa, América y Asia. Fue el centro de atracción de gentes de orígenes y condiciones muy diversos, que trataban de prosperar en la política, las finanzas, el comercio, el ejército, la diplomacia y la cultura. Los sitios reales de Aranjuez, El Escorial, El Pardo y La Zarzuela, que todavía conservan su esplendor, servían de residencias de temporada y las grandes decisiones del imperio se adoptaban en los palacios y en las covachuelas del Alcázar, donde la política se mezclaba con el ocio, la tradición y la religión.


La sección III presenta la economía como base del poder internacional de la monarquía hispánica. La corona creó una red económica mundial cuyo centro estaba en Madrid, lugar donde llegaban y desde donde se distribuían las riquezas. La Carrera de Indias y el Galeón de Manila movieron mercancías, capitales, personas e ideas por todo el planeta, pero las guerras exigieron cada vez más crédito, produciendo bancarrotas y una mayor presión fiscal. Este sistema fue gestionado por banqueros de orígenes muy diversos, genoveses, alemanes y portugueses, que pretendían ascender socialmente por su servicio al rey.

Un nuevo apartado presenta cómo en el Siglo de Oro, Madrid atrajo a escritores, artistas, ingenieros y científicos que buscaban triunfar en la corte. El teatro comercial encontró éxito en los corrales de comedias, primero en espacios provisionales como La Pacheca y después en los teatros permanentes de la Cruz y del Príncipe. Tanto el teatro popular como el cortesano, el profano como el religioso, combinaba técnicas novedosas y se convirtió en un espectáculo de gran éxito y en una poderosa herramienta de influencia social, política y religiosa. Además, cumplía una función benéfica, por crearse en ellos cofradías para atender a mujeres pobres y enfermas y también a niños huérfanos. La recaudación obtenida por la venta de entradas financiaba hospitales, creando un modelo que se extendió por toda la monarquía.

La quinta sección  trata de las fiestas de Madrid en esta época, que mezclaban ocio, religión y política, reflejando tanto la cultura popular como la de las élites. En las celebraciones, la comida tenía un papel destacado y algunos platos todavía forman parte de la tradición madrileña. Las fiestas cortesanas, que además de divertir transmitían mensajes políticos y reforzaban la imagen de la monarquía, acabaron celebrándose en la calle e influyeron en la cultura popular. Los toros eran también un entretenimiento de primer orden y reflejaban la jerarquía social, siguiendo un protocolo estricto pero bullicioso.

Para finalizar, esta exposición nos recuerda que el Siglo de Oro se ha convertido en un símbolo cultural universal. Sus propios protagonistas eran conscientes de que estaban viviendo una época excepcional pero siglos después, la Generación del 27 reivindicó su legado. Más tarde, grandes literatos como Jorge Luis Borges y Mario Vargas Llosa reconocieron la profunda influencia de este periodo cultural en sus obras y Alejo Carpentier señaló al Siglo de Oro como una de las raíces imprescindibles del movimiento artístico y literario conocido como Realismo Mágico.

Más información sobre la exposición en este enlace.