26 de marzo de 2026

Exposición: Joyas Dinásticas en el Hôtel de la Marine de París

El Hôtel de la Marine presenta en París la extraordinaria exposición: "Joyaux Dynastiques, pouvoir, prestige et passion 1700-1950", en colaboración con el Victoria & Albert Museum de Londres, reuniendo joyas históricas de gran importancia pertenecientes a las colecciones de este museo y de la Colección Al Thani, y con aportaciones de otras instituciones como la Royal Collection, los Historic Royal Palaces, el Musée nationale du château de Compiègne, el Domaine national du château de Fontainebleau, el Muséum nationale d'histoire naturelle, el Musée de Minéralogie Mines Paris - PSL y las colecciones patrimoniales de Cartier, Chaumet, Mellerio y Van Cleef & Arpels.


La exposición presenta soberbias joyas que han constituido un patrimonio legendario perteneciente a ciertos monarcas y familias nobles que formaban parte de su corte y también a familias enriquecidas desde la segunda mitad del siglo XIX. Las fantásticas piezas exhibidas reflejan los gustos y la personalidad de estas celebridades cuya pasión por las joyas hizo evolucionar su estética y la manera como eran lucidas, uniendo el simbolismo, la sofisticación y la innovación técnica, al mismo tiempo que han dejado constancia del talento de los orfebres que trabajaron para estas cortes y familias aristocráticas durante su apogeo.

Las joyas de Estado que han conformado las colecciones reales han sido siempre una forma de propaganda dinástica y política y un medio para asegurar la transmisión del poder, siendo transmitidas entre soberanos y gobiernos en forma de regalo, de botín o como confiscación en el contexto de acontecimientos sociopolíticos. Los colores y el brillo de las piedras preciosas reflejando la luz, cumplieron con su papel de ser el símbolo por excelencia del rango y la riqueza de los soberanos, desde las civilizaciones antiguas hasta las sociedades actuales, representando la supremacía y la opulencia de su reino y los fastos de su corte.


Collar del maharajah de Patiala. Cartier París, 1928. Colección Cartier, NE 40 A28

La primera sección ("Piedras preciosas: Poder y prestigio") ha sido dedicada a las piedras preciosas, que desde la antigüedad han encarnado la autoridad suprema y expresado su riqueza y legitimidad; tras ella, la exposición continúa a lo largo del segundo espacio ("Diademas en majestad"), uno de los más fascinantes de la exposición, en el que se exhiben algunas de las más fantásticas piezas desde que la emperatriz Josefina puso de moda las diademas surtidas de piedras preciosas y realizadas por los más renombrados joyeros, reflejando la evolución de la moda.

A continuación, el recorrido nos lleva a admirar una serie de joyas exquisitas que han formado parte del patrimonio de las dinastías de soberanos europeos y que son indisolubles de la imagen de la realeza y del poder del Estado. Cosidas sobre los trajes o prendidas en los cabellos, llevadas sobre las cabezas o alrededor del cuello, los brazos o el talle, reafirman la visibilidad del soberano que debía destacarse entre la multitud de cortesanos, contribuyendo a establecer y legitimar un reino o fundar una dinastía. 

La transformación de joyas históricas de la Corona para crear otras nuevas ha sido un recurso para dar continuidad entre las casas ilustres y los nuevos regímenes políticos, y otras joyas han sido también utilizadas para proclamar el linaje y la sucesión de familias aristocráticas en las que han sido preciosamente conservadas. En los últimos espacios de la exposición se muestran joyas de las cortes del I y II Imperio francés, de los Romanov y de la reina Victoria de Inglaterra y las joyas como signo de poder en el siglo XX, cuando fortunas increíbles aparecieron por todo el mundo tras la Guerra de Secesión Americana (1863) y la Guerra Franco-prusiana (1871), y cuando tras la I Guerra Mundial numerosas familias reales perdieron el trono.

Más información sobre esta imperdible exposición, en el siguiente enlace:

https://www.hotel-de-la-marine.paris/agenda/joyaux-dynastiques


6 de marzo de 2026

La Fiesta del Libro Español

El 9 de febrero de 1926, a propuesta de Eduardo Aunós Pérez -ministro de Trabajo, Comercio e Industria- el rey Alfonso XIII decretó que el 7 de octubre -fecha que la tradición había establecido como nacimiento de Miguel de Cervantes Saavedra-, se celebrara anualmente una fiesta dedicada al libro español. El propósito de dicha celebración era "propulsar la cultura, rendir pleitesía a los genios de la raza, divulgar las concepciones de los escritores españoles y facilitar la expansión de la lengua y del habla hispánicas, para enaltecer la Patria y agrandar y fortificar sus prestigios insuperados".

A lo largo de sus quince artículos, el real decreto establecía el modo en que debía ser organizada y celebrada la Fiesta del Libro Español, con actividades en las reales academias y en los paraninfos de las universidades e institutos del reino. También en todas las escuelas especiales del Estado -incluso las militares y las de la Armada-, en las escuelas nacionales y todos los establecimientos de enseñanza particular, cuarteles, buques y arsenales de la Armada, establecimientos de beneficencia y penitenciarios, bibliotecas oficiales y las de los centros e instituciones de enseñanza. Igualmente las entidades y corporaciones que percibían subvenciones del Estado, de la provincia o del municipio, Diputaciones provinciales, ayuntamientos, Comité y Cámaras Oficiales del Libro y el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes. La ejecución del real decreto fue encomendado al Comité Oficial del Libro de dicho ministerio.


Ramón Menéndez Pidal -director de la Real Academia Española- con el ministro de Instrucción Pública, el obispo de Madrid y algunos académicos, después de la sesión solemne celebrada el 7 de octubre de 1926 con motivo de la celebración de la Fiesta del Libro Español. 
Fotografía de José María  Díaz Casariego. Mundo Gráfico, 13/10/1926, p. 13.

El Gobierno quería que se concediera a esta fiesta la máxima importancia para estimular la progresiva industria editorial española y difundir los valores literarios y culturales españoles e hispanoamericanos, facilitando la adquisición de libros por los particulares y obligando a las corporaciones oficiales y organismos subvencionados dichas adquisiciones. También, instituyendo la creación con carácter obligatorio de bibliotecas populares, por su importancia en la educación y la cultura de la clase media y obrera y, en definitiva, poniendo en manos de los maestros nacionales y privados, de los catedráticos y profesores de los institutos, universidades, escuelas y academias especiales, así como en las de los instructores en los cuarteles y en los buques y arsenales de la Armada la misión de inculcar y mantener la afición a la lectura y el amor al libro en las generaciones que se estaban preparando.

Sin embargo, la Genealogía marcó un cambio de rumbo en las decisiones oficiales, porque al haber sido fijada la fecha del 7 de octubre como natalicio de Miguel de Cervantes se oficializaba un hecho que no había sido documentado, ya que solamente se conocía que su bautismo había tenido lugar en la parroquia de Santa María la Mayor de Alcalá de Henares, el 9 de octubre de 1547. Los opositores al establecimiento de esta fecha alegaron que entonces no era costumbre en Castilla que mediasen días entre el nacimiento y el bautismo y que si hubo circunstancias por las que el bautismo se retrasó habría que suponer que habría nacido el 29 de septiembre -festividad de San Miguel- que sería la razón por la que el escritor habría recibido este nombre de pila, ya que no había precedentes familiares.

Por esta razón y porque el 1 de octubre se celebraba en España la apertura del curso en las Reales Academias y el 12 la Fiesta de la Raza, se trasladó la Fiesta del Libro Español al 23 de abril, aniversario del fallecimiento de Cervantes. Hasta ese momento, su muerte solamente era conmemorada por la Real Academia Española, con unas exequias fúnebres en la iglesia del convento de las Trinitarias de Madrid, donde el escritor fue enterrado. De esta manera, por real decreto firmado en San Sebastián el 7 de septiembre de 1930, la fiesta anual dedicada al libro español fue trasladada al 23 de abril, única fecha cierta de aniversario de Miguel de Cervantes y Saavedra.

El Día del Libro se celebró el 23 de abril de 1931, pocos días después de proclamarse la Segunda República pero ese año la fiesta quedó deslucida por los acontecimientos políticos del cambio de régimen. No volvió a celebrarse hasta 1938, habiéndose establecido el 13 de abril de ese año nuevas disposiciones para su celebración en la misma fecha, con el nombre de "Fiesta Nacional del Libro Español".

Casi 60 años después, durante la 28ª Conferencia General de la UNESCO celebrada en París en 1995 se decidió establecer oficialmente el día 23 de abril como Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor, para rendir homenaje a los libros y sus autores, fomentar el acceso a la lectura y la cultura y promover la industria editorial y la noción de derecho de autor en todo el mundo. La fecha fue elegida porque el 23 de abril coincide con la muerte -según la documentación existente o la tradición- de importantes figuras de la literatura que, además de Miguel de Cervantes son William Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega.

Del primer año de celebración de la Fiesta del Libro Español nos han quedado varios testimonios impresos, como los discursos de las reales academias. Francisco Rodríguez Marín era entonces director de la Biblioteca Nacional y bibliotecario perpetuo de la Real Academia Española. Siguiendo el decreto del Gobierno, esta Academia celebró sesión pública y extraordinaria en la noche del 7 de octubre, presidida por Eduardo Callejo de la Cuesta -ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes-.

En esta sesión, Rodríguez Marín leyó un ingenioso discurso titulado "Los Libros", tratados desde originales puntos de vista y a lo largo de sus páginas hacía desfilar a una serie de personalidades que en diferentes épocas de la historia habían manifestado sus ideas acerca de ellos. De esa forma, los hacía partícipes de la Fiesta del Libro Español y en el discurso, el autor fue comentando a cada uno de estos destacados escritores.

En sus páginas fue reflexionando sobre qué era el libro y su proscripción en la historia. También realizó consideraciones sobre si se debían tener muchos libros y, en este sentido, se refirió a "los hacinadores de libros", personajes peculiares que todos conocemos aún en nuestros días. Otros apartados los tituló "Dime lo que lees y te diré quien eres", "Libros buenos y libros malos", "Libros para los jóvenes y libros para los viejos" y "Libros para los más y libros para los mejores". Además, realizó otras consideraciones sobre si se debían preferir los libros modernos a los antiguos, cómo se debían leer, realizó una apología de los libros e identificó a un libro con un amigo.

Concluyó afirmando que los "libros son los mejores amigos que puede tener un hombre: silenciosos cuando no se les inquiere; elocuentes cuando se les pregunta; sabios, como que jamás sin fruto se les pide consejo; fieles, que nunca vendieron un secreto de quien los trata; regocijados con el alegre; piadosos con el dolorido; y tan humildes, que nada piden ni ambicionan y, por ocupar poco espacio, se dejan estar de canto y estrechos en los estantes". 

Esta preciosa obra está disponible en la Biblioteca Digital de Andalucía, en este enlace.