"Confieso que padezco de manías y rarezas y una de ellas es mi decidida afición por las antiguallas; así donde yo veo alguna cosa que tiene su olorcillo a rancio, allí me detengo, olfateo, excudriño (sic), y aunque generalmente solo saco polvo que sacudir, nunca me curo de mi maldita manía. Así como algunos se paran embelesados delante de los escaparates de los Alemanes o los Saboyanos, yo me embobo a la puerta de una prendería, porque en aquellos trastos viejos creo penetrar historias singulares; ridículas unas, indiferentes otras, dolorosas, desgarradoras muchas, y esta contemplación no deja de tener sus encantos" (Los Sucesos, 27/11/66, p. 2).
Estas palabras pertenecen al jurista y literato Julio Monreal y Jiménez de Embún (Zaragoza, 1830-1890), que ha sido uno de los escritores más correctos y elegantes del siglo XIX y que algunos tacharon en su época de decadente. Julio Monreal escribió varias obras dramáticas e interesantes ensayos y sus estudios sobre el teatro antiguo fueron de gran valor. A diferencia de muchos de los escritores de su época, nunca militó en ningún partido político y por su carrera judicial tuvo que vivir en lugares distantes de Madrid, desde los que enviaba artículos de costumbres del siglo XVII a La Ilustración española y Americana y a Los Lunes del Imparcial. En la redacción de estos periódicos no siempre se conocía personalmente a los colaboradores, ya que estos escribían desde su lugar de residencia que, como Monreal, se situaba frecuentemente en lugares apartados.

Julio Monreal, hasta su fallecimiento en Zaragoza en 1890 donde ejercía el cargo de fiscal, fue un investigador de las costumbres del siglo XVII, tomando como base las obras dramáticas españolas, de donde extrajo noticias, datos y apuntes para reconstruir la historia y conocer un siglo en el que hubo una gran producción de obras dramáticas. Sin embargo, en su tiempo su obra no fue muy conocida y él no pasó a ocupar puestos en academias o ateneos. A su muerte se dijo que estaba enamorado de los buenos modelos de nuestra literatura, era picaresco a la manera de Tirso, mordaz a la de Quevedo, tierno como Lope, y trascendental y severo con las pasiones humanas como Calderón y con los vicios sociales como el autor de
La verdad sospechosa, de Juan Ruiz de Alarcón. (
La Iberia, 8.09.1890, p. 1).
Su obra: "Cuadros viejos. Colección de pinceladas, toques y esbozos representando costumbres españolas del siglo XVII", fue publicada en 1878 (Madrid. Oficinas de la Ilustración Española y Americana), abarca principalmente los reinados en España de Felipe III y Felipe IV de Austria, cuando Madrid era aún la corte más brillante de Europa y componían obras escritores de la talla de Lope de Vega, Quevedo, Cervantes, Tirso de Molina y Góngora, circulaban cortesanos como el duque de Lerma y el conde duque de Olivares, ricos mayorazgos y fastuosos señores en una sociedad orgullosa y vanidosa. Pero también aventureros que iban a América a encontrar tesoros, soldados de Flandes, estudiantes de Salamanca, señoras altaneras y otras recatadas, doctores, consejeros, alcaldes, comediantes, frailes, rufianes y pordioseros, a los que las obras literarias daban cobijo y protagonismo y a las que los curiosos de los siglos posteriores pudieron recurrir para conocer la sociedad de este siglo a través de sus costumbres.

En estas obras literarias se basó Julio Monreal para componer sus ensayos que dirigía a los periódicos con los que colaboraba y que más tarde compiló en su obra Cuadros Viejos. Artículos como: "Una pica en Flandes", "Los Bailes de antaño", "Ruar el coche", "La ocupación de un caballero", "El día del Corpus y sus autos sacramentales", "A estudiar, a Salamanca", "Un día de visitas", "Entre bobos anda el juego", "Una Academia", "Don Rodrigo en la horca" y "Una fiesta de toros".
Entre todos ellos, un trabajo muy especial que me gustaría destacar en este blog dedicado a Genealogía, Heráldica y Nobiliaria, es el de "Mercedes y señorías" (pp. 171-200) en el que se refirió al deseo de sobresalir entre los demás y a la importancia que hubo en aquella época -heredada en los siguientes siglos- de conseguir uno de los preciados títulos o tratamientos con los que distinguirse de los demás. Una sociedad marcada por los términos que distinguían a unos de otros como plebeyos, escuderos, hidalgos, caballeros, títulos nobiliarios y otros, que concedían diferentes privilegios.
Elementos identificativos como motes, veneras, escudos, coroneles y ejecutorias en vistosos pergaminos para identificarse y en los que basar su orgullo, ostentarlos y resaltar su ilustre abolengo y todo impulsado por la vanidad que: "[...] entonces como siempre, hacía que muchos se subieran en zancos, para de este modo aparentar lo que no eran, y que el escudero pujase de hidalgo, y este de caballero, queriendo encaramarse a título, envanecido con sus heráldicos archivos [...]."
Así podemos conocer cómo fueron utilizados en la sociedad de su época los títulos y apelativos de "don", "señor", "vos", "merced", "señoría", "excelencia", "alteza", "serenidad" y otros. Estamos en el siglo XXI y muchas de las afirmaciones que realizó Julio Monreal sobre la sociedad del siglo XVII siguen aún vigentes después de cuatrocientos años, como aquello de que muchos se suben en zancos para aparentar lo que no son.
En este enlace se puede acceder a la obra Cuadros Viejos, de Julio Monreal.